Te fuiste… y estás. Partiste… y te quedaste. No te vemos, pero te sentimos
Ya no siento mi dolor tan tempestad. Cuando te evoco, te veo como aquí, poniéndome más en la serenidad, en la razón. Sin enjuiciar la vida ni querer penetrar el destino, ni preguntar a Dios el porqué de las cosas.
traspasando y siempre sigue vigente dejándonos algo.
Ahora el dolor se me ha vuelto más callado, más tibio, como lluvia más fina, ¡pero sin escampar! Como rocío más suave, pero que amanece conmigo todos los días.
Eras como el filtro para limpiar y para mis lágrimas.
Pero sin duda algo presentías de mi orfandad, de mi desprotección, de esa soledad que nace en el alma, aunque otros cariños la rodeen. Temías no estar a mi lado cuando me asustara la vida y por eso me dijiste: “Es por ti por mi madre y mi hermana por las únicas que pido.”
Cuando se dejan tantas cosas, uno se va… y se queda. Andas lejos… y cerca. Arriba y abajo. La figura no está visible, pero se palpa. Y sin presencia, te haces sentir.
CONTIGO TODO FUE MAS FACIL
Cuando se deja mucho, uno nunca se va del todo. Aquí está vigente el código moral que nos dejaste. Y tú, dentro de él. Saber cumplir es lo que da jerarquía a los hombres, y saber amar es lo que da dimensión a la vida.
Seguiremos siendo lo que fuiste, lo que nos hiciste ser, lo que nos grabaste por dentro.
Los dolores del alma no se curan con razones: porque estabas enfermo… Lo más que podemos hacer es atenuarlo pensando que velas por nosotros y que algo harás para que nada nos separe, que te adelantaste para recibirme con todo arreglado, como solías hacerlo siempre.
La herencia es excesiva para los que quedamos. Hay que fortalecer los hombros para saber llevarla.
No te estamos regalando nada: la muerte se llevó tu maleta vacía. Estamos recogiendo y guardando toda la obra que dejaste.
Cómo obliga el legado de servicio que nos dejaste y el ejemplo que nos diste! ¡Qué herencia tan grande en amor del corazón y en sabiduría de la vida!
Los que dejan mucho en valores espirituales, dejan en la misma proporción grandes huecos, grandes vacíos y gran desprotección.
Tú estás enterrado aquí, en el alma de nosotros, en el monumento alto que fuiste construyendo a nuestro lado. Aquí, en el alma, en ese sitio de honor y de respeto que te fuiste ganando.
En cierta forma, la muerte ha sufrido un gran revés. Quiso llevarse el árbol y se le quedó el germen, la esencia, la raíz. Quiso arrasar con todo y se le quedaron los libreros, el reloj, las copas, el lugar de la mesa, los espejuelos, la tacita de café. ¡Quiso barrerlo todo y se le quedó “el alma”, ésa que nosotros apresamos y que nunca podrá quitarnos!
La muerte se llevó la cáscara, pero la pulpa, la historia, la obra, ha quedado entre nosotros con una luz ¡y con ella nos alumbraremos!
¡Cómo me gustaba tu corazón sencillo y ancho, hecho de nobleza! Y tu forma de tratarme, delicada y complaciente, con el esmero de una rosa a quien hay que cuidarle todos sus pétalos. Vigilabas para que no me rompiera las alas cuando volaba demasiado alto, y a la vez, que no se me enfriara la vida por dejar de soñar.
Asì eras tu:En el carácter: temple. En la voluntad: acero. En la conducta: principios. ¡Y miel en el amor!
Debes saber que todo lo que me dijeron tus manos antes de morir, lo entendí perfectamente. Y todo lo que me escribiste con los dedos se me ha quedado grabado en el hueco de la mano. Y todo lo que balbuceabas, lo entendí y lo llevo como una estrella, colgado de mi vida.
Yo sé que la muerte no es vivir sin ti. Que la separación no es quedarse vacío. Que cambiar de forma no es estar desprovisto. Y que haberse amado vale para esta vida y para la otra.
¡Gracias por todo!
Porque sin exigirme nada, me convencías de todo.
Porque siempre reducías a una sencillez lo que para mí parecía un mundo.
Y porque hasta mis caprichos, descritos por ti, parecían dones de Dios.
Gracias, porque siempre me endulzabas las lágrimas, me trasmitías la fuerza y me llenabas de ternura los huequitos ésos que se van quedando sin llenar en el fondo del corazón.
Gracias, por ese caudal de recuerdos que encierran todo lo que representa una larga vida, una numerosa familia, un dolor de exilio y un camino sembrado.
Por ser el tronco que me dio vida, me dio ramaje y me dio sombra.
Por esa mente que me dio luz, me dio sabiduría y me dio abundancia.
Por ese timón que me dio orientación, me dio remos ¡y me dio un puerto!
Por el aprendizaje y la riqueza de haber vivido contigo:
UN TIMONEL..
